Oktoberfest: Recuerdos en el Día Internacional de la Cerveza

Todas las semanas, muchos deseamos que sea viernes. Y sí, lo cierto es que es la antesala al fin de semana. Sin embargo, sólo algunos saben que existen pocos tan especiales como el primer viernes de agosto. Aquí es donde los cerveceros de corazón no nos dejarán mentir. Y es que se celebra el Día Internacional de la Cerveza.

Y para conmemorarlo, no hay nada mejor que recordar algo que me tocó vivir de primera mano: El Oktoberfest de Munich, Alemania. Sí, el festival más grande donde he visto circular grandes cantidades de cerveza. Aunque, quizá le gane cualquier festival de música. Habría qué verlo y medirlo. Pero a juzgar de la bebida de bienvenida que me dieron con 1,5 litros de cerveza alemana, uno se puede dar una idea de cuánto beben los asistentes en una tarde-noche.

Era un día cualquiera por ahí entre el 17 y 18 de septiembre, cuando acudí en un tour de grupo a mi primer viaje a Europa. No he hecho otro, pero ése fue el primero. Ya iba yo algo desanimada, debido a que la guía no fue clara con el itinerario en cuanto a las comidas, ni hablaba 6 idiomas como lo expuso en la videollamada y nos hizo, en mi opinión: Perder tiempo en una tienda para comprar vestidos típicos alemanes. Después lo agradecí, sí, pero en el momento hubiera preferido comer que comprar atuendo, ja, ja. Es lo malo de no ser fashionista.

Aquí los trapos que nos quitaron tiempo de comida, pero que nos hicieron lucir bien para la foto. Foto: Desconocido

Antes del Oktoberfest

Llegamos por la tarde a Munich, después de un trayecto tenso porque a un compañero le robaron su cámara profesional de fotografías. Entramos a una tienda en busca de atuendos típicos alemanes para ir a tono con el Oktoberfest. Ahí se fue la mayor parte del día.

Al fin elegí un modelo, no le presté mucha atención (porque tenía hambre) y me puse en búsqueda de lugares para comer, porque la cantina histórica donde Hitler dio su primer discurso, que pisamos como primera parada y que se veía más apetecible por su menú, que por la historia que guardaba en sí, ya había terminado su servicio a donde claramente no existió nunca reservación y yo con hambre me pongo de mal humor.

Alguien más veloz o con más hambre que yo, encontró un restaurante que cerraba más tarde y las 20 personas aproximadamente acudimos ahí. Yo pedí un Knusprig gegrillte Schweinshaxe, impronunciable, para quien no habla alemán, que era bastante parecido al chamorro mexicano. Sus dimensiones me impresionaron y cuando expresé mi asombro, el mesero sólo me respondió «En Alemania todo siempre es más grande» No pude contradecirlo.

Aquel platillo con papas al horno era delicioso y lo compartí. Sin embargo, habría que decir que no podría combinarse mejor que con una cerveza. Creo que ahí la probé por primera vez (No estoy segura). Sin embargo, el día siguiente nos esperaba: Oktoberfest, que sólo había visto en una que otra noticia.

El primer Proost! (Durante el Oktoberfest)

Al otro día, acudí con algunas compañeras del grupo al Oktoberfest. Entramos a esa especie de feria con diferentes carpas que guardaban 2 cosas: Personas que trataban de beberse fondos sin respirar de tarros con litro y medio de cervezas y música mayormente en vivo, que tocaban una pieza pegajosa antes de decir «Proost!» y beber sin prisa si no te ibas a parar en la mesa para avisarle al mundo que te animarías con un fondo. En fin. Cuando llegamos, me fui de espaldas nuevamente: Nos recibieron con medio pollo rostizado y litro y medio de cerveza en un tarro que siempre me pareció interminable. El mesero tenía razón: Las porciones eran muy grandes y el talento de la mesera también: Hablaba como 5 idiomas, español entre ellos y podía con hasta 10 tarros de cerveza en un solo viaje.

Después de que un compatriota decidió entrar en la competencia del fondo, que lo logró y lo sacaron para que se le bajara, mi ansiedad social se hice presente y me salí un rato, como si también me hubieran vetado a mí las mismas 2 horas. Me fui a recorrer los puestos en busca de salchicha alemana (sin albur), recuerditos o a ver qué. Todo era nuevo y atractivo.

El último «proost!»

Me puse incluso a escribir un par de artículos para Gastrolab, el suplemento gastronómico de mi antigua casa editorial: El Heraldo de México. Después, busqué a mis compañeras de habitación para terminar el día y como me aburrí, me ligué a un italiano bailando al ritmo de Sweet Caroline para probar la cerveza de otra forma. Luego me aburrí y con ayuda de mis roomies temporales, huí de ahí. Le hice creer que lo vería en el baño y yo, que no estaba ebria me escabullí en 2 segundos por otra puerta.

Compré tarros y cerveza como souvenir para mi papá, que sí es catador de cerveza, y pensé que en lugar del mezcal que me había ganado por la fotografía más original del grupo, habría sido más adecuado recibir una cerveza inglesa de a 2 libras en Londres, que fue donde me lo dieron por posar junto a la estatua de Don Lockwood en Singing in the rain. Ya saben, por aquello de lo internacional y de probar cosas típicas de los lugares del mundo.

Al final, me despedí del viaje a Europa tras el paso por la Heineken Experience un paseo/degustación por la planta original de la cerveza Heineken, donde vi una increíble museografía con hologramas y todo para contarnos el origen y la historia de una de las cerveceras más importantes del mundo, pero esa, es otra Gastrohistoria.

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